Lo malo y lo feo

Los checos y su poca amabilidad con el turismo

Por en 27 septiembre, 2015
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No todas son buenas experiencias cuando visitas un lugar por primera vez. En especial, si nos referimos a las grandes ciudades y/o destinos turísticos bastante concurridos, en donde puedes encontrar “de todo como en botica”.

En este caso les voy a hablar de mi experiencia en Praga en relación a su gente y a la impresión que éstos me causaron.

Pero antes que nada, quiero dejar en claro que durante mis viajes me concentro en disfrutar de las atracciones turísticas al máximo y evito amargarme la estancia dándole importancia a las cosas que puedan desagradarme del lugar. En el sentido turístico Praga no me decepcionó en absoluto, todo lo contrario, como ya lo he dejado plasmado en mi artículo sobre esta hermosa ciudad.

Sin embargo, mi experiencia al interactuar con los ciudadanos praguenses no fue tan buena que digamos. No sé si tuve la mala suerte de chocarme con los más antipáticos, sosos y hasta groseros del lugar o simplemente la gran mayoría es así. Aunque, nunca se puede generalizar con estas cosas pues como ya sabemos “hay de todo en la viña del señor”.

Aún así, la experiencia de relacionarte con la gente de una ciudad o pueblo al viajar tendría que ser buena (al menos la mayoría de veces), pues normalmente la gente es amable, acogedora y comprensible con los turistas… pero definitivamente ese no fue mi caso.

En fin, yendo al grano paso a relatarles mis experiencias durante mi estancia en la capital checa, así ustedes sacan sus propias conclusiones…

  • Para empezar nada más llegar a Praga tomé un taxi desde el centro de la ciudad, la zona 1, hacia mi hospedaje, la zona 2, ya que Praga se divide en varios distritos. El taxista a parte de ir muy suelto de huesos fumándose un puro mientras manejaba (algo que me incomodaba en gran manera pues el humo me llegaba hasta la cara), sacaba la cabeza para pelear e insultar a todo coche que se cruzaba con él, y cuya maniobra no era de su agrado.

Esto lo hacía obviamente en su idioma, pero yo no necesitaba entenderlo para darme cuenta de lo grosero que estaba siendo. Además, me di cuenta que el hombre dio varias vueltas por la ciudad para llevarme a mi destino. Claro esto lo hizo con el único propósito de que su taxímetro subiese como espuma pues eso a él le convenía. Como me lo temía, al final del viaje pagué varias coronas por ese mal servicio, pero honestamente estaba tan cansada por el vuelo y el trajín del aeropuerto al centro, que no me quedaron ganas de reclamarle nada,… además que no era muy conveniente hacerlo, pues se veía a leguas que se trataba de una persona vulgar y agresiva. Era obvio que se trataba de esa clase de taxistas que se aprovechan de los turistas recién llegados y algo desorientados como lo estaba yo en ese preciso momento.

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  • La segunda mala experiencia me la llevé junto a una compañera finlandesa del hostel, quien también viajaba sola y con quien terminé visitando el Castillo de Praga. Fue precisamente por esa zona turística, que decidimos hacer un descanso para comer al medio día, antes de continuar con nuestra larga visita.

Elegimos un restaurante al azar que ponía “comida tradicional checa”. El cartel de ‘menú del medio día’ llamó nuestra atención por su precio, pues al cambio de moneda a ambas nos salía muy pero muy barato. Además, teníamos la opción de elegir una sopa de entrada, de tres que supuestamente habían en la carta, el segundo plato también tenía opciones y el postre igualmente.

El restaurante no estaba tan lleno y nos sentamos cómodamente en la terraza. Pronto, quien parecía ser el encargado o dueño del lugar se acercó a nosotras para tomar nuestra orden, pero lo hizo de una forma bastante sosa y brusca, con apenas un saludo pronunciado entre sus dientes… y lo peor de todo, con cara de pocos amigos.

A pesar de quedarnos un poco sorprendidas con tan “calurosa bienvenida”, nos dirigimos a ordenar nuestros menús, confiadas en poder elegir nuestras diferentes opciones en la comida, pero aquel hombre pronto nos comunicó que sólo había una opción de menú por día. Es decir una sopa, un plato principal y un postre ya establecido por ellos. La verdad nos dio mucha rabia porque el cartel del menú no ponía eso, sin embargo, “manteniendo el tipo”, dejamos que nos sirviera lo que había, no nos quedaba de otra. La camarera que salió minutos más tarde trayéndonos la comida se mostró igual de sosa que su jefe.

La comida estuvo bastante fea… y para colmo de males, a la hora de cobrarnos la cuenta, el hombre nos sumó el doble de lo que nos correspondía pagar. Obviamente esto último sí se lo reclamamos y éste se rectificó diciendo que se había confundido de mesa… y fue entonces que nos sonrió por primera vez… haciéndose el amable. Sí, ya cuando nos íbamos de su restaurante, bien que quería aprovecharse de nosotras porque eramos extranjeras… “a ver si colaba” y le pagábamos de más por su horrible comida.

Qué decepción la que tuve en mi primera visita a un restaurante de Praga, tanto así que no me quedaron ganas de comer fuera durante el resto de mi estancia. Las demás veces terminé comiendo en un italiano o en un chino… y hasta me compré comida en el supermercado para cocinar en mi hostel.

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  • La tercera bastante mala experiencia la pasé cuando una tarde saliendo del metro con dirección a mi hospedaje, justo junto al semáforo para cruzar la calle, me crucé con dos hombres quienes en un principio no me parecieron extraños. Tenían una apariencia normal, decente, es decir, a primera vista no parecían ni delincuentes, ni drogadictos, ni nada por el estilo. Yo estaba parada muy cerca a ellos, y de un momento a otro empezaron a discutir entre ellos y a insultarse dando voces… yo me apresuré a cruzar y me alejé a tiempo… pues en segundos (y luego de insultarse) empezaron a escupirse el uno al otro, sí como lo están leyendo, se daban escupitajos de ida y vuelta, como quien tenía la mejor puntería y apuntaba más lejos. Yo, ya al otro lado de la acera, quedé realmente impresionada con lo que estaba viendo a plena luz del día y con gente caminando por las calles. Bueno… después de esta horripilante demostración de bajeza humana, en seguida me alejé del lugar, pues ni por accidente quería ser alcanzada por un escupitajo… pero mientras caminaba y volteaba a mirarlos, pude ver a lo lejos que los tipos siguieron un buen rato escupiéndose el uno al otro.
  • Y ya ni que hablar de los cajeros de los supermercados o de la gente que te cobra dinero para entrar a los baños en los lugares públicos (los parque, los metros, los museos, las iglesias, las torres, etc.), tienen una cara de apatía e infelicidad única … ni siquiera te regalan una sonrisa aunque sea falsa y a duras penas abren la boca para pedirte con una o dos palabras que sueltes tus coronas checas… ¡¡¡Qué horror!!!

No sé si los que lean este post vayan a entender mi posición… pero por más bella que me pareció Praga (monumentalmente hablando), después de estas “varias” experiencias con sus`habitantes, ya tenía bastantes ganas de marcharme de esa ciudad, pues desde luego ya había visto suficiente.

Confieso que antes de ir a Praga no tenía idea de como era la gente (o mejor dicho la gran mayoría), pues no me preocupé por leer los blogs publicados por otra gente sobre el tema (pues en la red hay varios artículos criticando el trato de los checos, no soy la única que ha percibido esto), pero me bastaron tres días y dos noches en esta ciudad, para llegar a la conclusión de que los praguenses o están asqueados del turismo y hartos de las aglomeraciones en la capital, o son antipáticos, desagradables y cerrados por naturaleza.

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Aunque, no puedo entender como pueden comportarse así con la gente que llega a visitar, consumir y dejar divisas en su territorio. Definitivamente no lo entiendo… debe ser porque vivo en Inglaterra en donde la gente es mucho más educada (la mayoría, no todos) …. Pero en general, y ya no sólo refiriéndome a Praga, creo que el turismo genera miles de puestos de trabajo en gran parte del mundo… y eso hay que valorarlo señores.

Eso sí, también tengo que recalcar que hubieron exactamente tres personas (mujeres las tres), quienes me ayudaron con algunas direcciones. Obviamente siempre llevo un mapa encima cuando viajo, pero como ya lo he confesado antes en otro artículo, soy muy pero muy mala con la ubicación, casi siempre me confundo al leer los mapas y suelo ir a parar a la punta opuesta a mi destino. En fin, paso a contar brevemente esas tres “iluminadas” veces.

  • Una señora mayor, a quien le pregunté en donde quedaba la boca del metro. La mujer por poco y me llevó del brazo hasta la misma entrada para enseñármela. Fue tan simpática que me pareció increíble, hasta me dieron ganas de llorar de alegría, lo digo en serio…
  • Otra jovencita, que al verme perdida por las numerosas calles del centro de la ciudad, buscando la plaza del reloj astronómico, me indicó amablemente como llegar hasta él.
  • Y la última, una chica muy maja, quien me ayudó el día que dejaba Praga para ir rumbo a Cracovia. Me indicó como llegar a la estación de tren cambiando dos metros. Además, habló conmigo un buen trecho y hasta me contó que había visitado Londres y lo mucho que le gustaba.

Al final de cuentas estas tres mujeres me demostraron una vez más que con la gente nunca se puede generalizar. Aunque, créanme que eso ya lo sé de memoria, pero cuando llegas a un lugar en donde las personas con las que te relacionas no son amables contigo, te queda ese mal sabor de boca y las pocas ganas de volver.

Texto y fotografía: Libia CV


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He creado este blog para plasmar mi amor por los viajes y la fotografía. Espero que te guste y que te pueda servir como referencia en la organización de tus viajes...

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